Marcelo Darnay, autor del relato «El hombre que siguió demasiadas luces», incluido en La casa de las palabras, relatos iberoamericanos de Editorial Ingentis, explica el origen de una historia que nace de las leyendas argentinas, la memoria y un territorio en el que mito y realidad parecen convivir.

Cuando recibí la invitación de Editorial Ingentis para participar en La casa de las palabras, relatos iberoamericanos, pensé en trabajar a partir de una leyenda profundamente argentina, pero evitando su representación más obvia o folclórica. Me interesaba que la leyenda no apareciera simplemente como una decoración sobrenatural, sino como una fuerza narrativa capaz de revelar algo profundamente humano.

Así nació «El hombre que siguió demasiadas luces».

La historia parte de la llamada luz mala, también relacionada en algunas tradiciones con el Farol de Mandinga y con las misteriosas luces que aparecen en el campo. En diferentes zonas de Argentina, estas apariciones se han vinculado durante generaciones con almas en pena, tesoros enterrados, muertos que no encuentran descanso o antiguas deudas que parecen seguir buscando a quienes las dejaron atrás.

Pero en el relato la luz no es únicamente un fenómeno sobrenatural. Es, sobre todo, una señal.


Campo del Cielo: cuando el cielo cayó sobre la tierra

Quise situar la historia en el Chaco argentino, cerca de Gancedo y Campo del Cielo, porque pocos lugares poseen una fuerza simbólica semejante.

Campo del Cielo es una región real del norte de Argentina en la que, hace miles de años, cayó una gran lluvia de meteoritos. El impacto dejó cráteres y enormes fragmentos de hierro que han convertido este territorio en un espacio singular donde conviven ciencia, historia, cosmovisiones originarias y leyendas populares.

Allí, decir que «el cielo cayó sobre la tierra» no es solamente utilizar una imagen literaria. También contiene una verdad.

Esa característica resultaba perfecta para construir el universo del cuento. Quería situar al lector en un lugar en el que lo astronómico, lo rural, lo sagrado y lo supersticioso pudieran convivir con naturalidad. Una piedra encontrada en Campo del Cielo puede ser, dependiendo de quién la mire, un objeto científico, un resto procedente del espacio, un tesoro, una presencia sagrada o el comienzo de una historia.

Por eso el relato nace de una imagen: en esa parte del Chaco, el cielo no parece encontrarse solamente arriba, sino también apoyado sobre la tierra.

A veces cae en forma de piedra.

Y a veces, dicen, vuelve en forma de luz.


Una historia sobre aquello que intentamos enterrar

Sin embargo, detrás de las leyendas y del misterio, el verdadero centro emocional del relato es Elías, un hombre que regresa después de veintisiete años al lugar del que salió.

Regresa aparentemente convertido en otra persona. Lo hace con una camioneta impecable, una empresa, un apellido transformado en marca y una vida que parece perfectamente ordenada.

Pero no vuelve limpio.

Debajo de esa apariencia permanece una traición antigua, una amistad rota y una memoria que Elías ha ido modificando durante años para poder continuar con su vida.

De ahí surge una de las ideas fundamentales del cuento:

No siempre recordamos exactamente lo que ocurrió; algunas veces recordamos aquello que necesitamos recordar para poder seguir adelante.

La luz que comienza a perseguir a Elías funciona entonces en varios niveles. Puede interpretarse como una aparición fantástica, pero también como la materialización de aquello que el protagonista se ha negado a mirar durante casi tres décadas.

La luz no lo conduce solamente hacia un lugar.

Lo conduce hacia una verdad.


La culpa, las deudas y San La Muerte

En el relato aparece también San La Muerte, una figura vinculada a determinadas creencias populares del nordeste argentino y especialmente presente en entornos rurales y fronterizos.

No quería incorporarlo como un elemento exótico ni utilizarlo únicamente para aumentar el misterio. Su presencia funciona como símbolo del pacto, de la deuda y del temor íntimo.

San La Muerte no explica lo que sucede. Simplemente está.

Y su presencia acompaña una culpa que durante años ha permanecido enterrada.

Algo semejante ocurre con César, otro de los personajes fundamentales del cuento. No quería construirlo como una víctima perfecta. Es un joven de taller que también desea escapar, que tiene ambiciones, temores y supersticiones, pero que en determinado momento descubre que existe una línea que no está dispuesto a cruzar.

Una de sus frases resume buena parte del espíritu de la historia:

«Con ese no convenía deber».

Porque existen deudas que no se pagan con dinero. Tampoco con el silencio. Y ni siquiera con el éxito alcanzado años después.


Lo fantástico como una forma de revelar lo humano

El hombre que siguió demasiadas luces se construye constantemente sobre el contraste entre lo visible y lo enterrado: un cartel de inauguración frente a una vieja tapera, una camioneta limpia sobre la tierra oscura, un apellido convertido en marca comercial frente a una culpa que nunca terminó de desaparecer.

La luz permanece esperando porque existen verdades que no dejan de existir simplemente porque alguien haya aprendido a vivir lejos de ellas.

Ese fue precisamente el reto al escribir este relato para La casa de las palabras: acercarme a una leyenda argentina respetando su misterio y su tradición, pero intentando que lo fantástico no ocultara a los personajes.

Al contrario. Que ayudara a revelarlos.

Porque más allá de la luz mala, de Campo del Cielo, de los meteoritos y de las creencias populares, esta es también una historia sobre algo reconocible en cualquier lugar: la culpa, la memoria, la amistad, las decisiones que tomamos y las consecuencias que algunas de ellas continúan teniendo muchos años después.

Y quizá por eso determinadas historias, como determinadas luces, siguen apareciendo cuando creemos que ya las habíamos dejado atrás.


Marcelo Darnay Autor de «El hombre que siguió demasiadas luces», relato incluido en La casa de las palabras, relatos iberoamericanos, publicado por Editorial Ingentis.


Leer el relato completo

«El hombre que siguió demasiadas luces» forma parte de La casa de las palabras, relatos iberoamericanos, una antología que reúne a once autores de Argentina, Paraguay, México, Cuba y España en torno a una misma lengua y muchas formas distintas de habitarla.

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